
A Michael Ramirez, que trabaja para Investor's Business Daily, le han dado el premio Pulitzer en Estados Unidos por sus "dibujos provocativos" como el que copio y traduzco, o como los que están aquí. Un gran bravo a este derroche de inteligencia.

Reciclar el agua en casa y triturar la basura para no tener que bajarla a la calle son dos de las apuestas del promotor Alfredo Moya para un edificio nuevo de Favara.De los otros pecados, mortales o veniales, él sabrá.
¿Con qué sistema se reutiliza el agua?
Se almacena en un depósito. Después, va a una cámara cerrada que mata los gérmenes. Finalmente, el agua vuelve a la cisterna para ser utilizada.
¿Puede ponerse en más sitios?
Por supuesto, en la lavadora o el lavavajillas pero, de momento, sólo hemos instalado el sistema en el baño.
¿Cuánto cuesta?
Unos 3.000 euros, porque es único. El edificio apuesta por el reciclaje total, tiene hasta trituradora de basuras (se machaca y va a parar a un cuarto de basuras, así no hay que bajarla al contenedor).
Los dueños de las viviendas, ¿qué opinan?
No son conscientes de lo positivo que es reciclar.
Traiciones, asesinatos, envenenamientos y desapariciones misteriosas han acompañado a los individuos que han servido anónimamente a un Estado. En Europa y Estados Unidos a los periodistas que consiguen exclusivas y reportajes brillantes se les premia. En Rusia desaparecen o son asesinados. [el resto, aquí]¿Por qué han de tener miedo los periodistas de hacer su trabajo? ¿Por qué un director de cine no puede decir en voz alta que una empresa, un sector al completo, está estafando a los consumidores? ¿Por qué uno no puede decir las cosas a la cara sin que le tilden de impertinente? ¿Por qué no se puede ganar un partido sin que los que pierden quieran partirte la cara? ¿Por qué un político no puede proponer las cosas en las que cree sinceramente sin que se le tire alguien al cuello tildándole de radical y de querer destrozar el estado? ¿Por qué en esta puta sociedad parece que sólo vale mentir?
Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
Viejos maestros de la vida
Antes –supongo que ahora es lo mismo, pero menos– debíamos mucho a los viejos zorros de colmillo retorcido y rabo pelado. Llegabas de pringadillo a un sitio u otro, en tus primeras experiencias profesionales, y siempre había alguien de ese oficio o de cualquier otro, un tipo generoso atrincherado aquí o allá, lleno de resabios y lucidez, que te ayudaba a dar los primeros pasos por el campo minado sin otro motivo que tu juventud, tu inexperiencia, tu entusiasmo. Sin nada que ganar en ello por su parte; sólo porque le caías bien o veía en ti, quizá, el reflejo de lo que él un día fue, o de lo que tal vez nunca pudo ser, y tú, más dotado o con mejor suerte, tal vez un día fueras. Como si tu supervivencia futura, tu posible éxito, fuesen también, en cierto modo, los suyos.
Siempre fui afortunado en ese aspecto. En mi juventud, cada vez que dejé la mochila en una silla y dije «buenos días» tuve el inmenso privilegio de encontrar cerca a un veterano que, guasón al principio, con ese tono que sólo confieren el tiempo, la experiencia y las cicatrices, me dijo «arrímate aquí, espabila los oídos y abre bien los ojos». En esos primeros tiempos caminando de un lado a otro, siempre se me dio bien encontrar capitanes Haddock que me llamaran grumetillo; tal vez porque mis ganas de aprender eran sinceras, el respeto no era fingido, y supe pronto que un recluta bisoño y en territorio enemigo, dispuesto a preguntar lo que no sabe, supera en probabilidades de sobrevivir al idiota que, para disimular la ignorancia que arrastra todo novicio por listo que sea o crea ser, se adorna con lo que no tiene, desconociendo lo mucho que puede aprenderse con una sonrisa, una pregunta adecuada seguida de un silencio humilde, una caña de cerveza o un vaso de vino pagados en el momento y lugar oportunos. Obligándote luego, para compensar todo eso, a la insoslayable contrapartida: lealtad y agradecimiento.
No he olvidado a ninguno, aunque la vida nos llevase luego de acá para allá, alejara a unos y liquidase a otros. En los puertos mediterráneos, en las hoy desaparecidas tertulias del café Gijón, en la redacción del viejo diario Pueblo, en los hoteles de Beirut, Argel, El Cairo, Nairobi o Managua, en los bares de oficiales de Villa Cisneros, Smara o El Aaiún, tuve siempre la suerte inmensa de que un veterano de algo, de la literatura, del periodismo, de la delincuencia, del mar, de la guerra, de la vida, me proporcionase –a veces sin pretenderlo– información privilegiada y mecanismos eficaces de aprendizaje y supervivencia: Vicente Talon, Chema Pérez Castro, Manolo Cruz, Fernando Labajos, Aglae Masini, el Piloto, mamá Farjallah y tantos otros son sólo algunos nombres de una lista extensa, imposible de resumir aquí. No he olvidado a ninguno; y cada vez que algo sale bien, que escribo un artículo o un libro más o menos afortunado, que llego a puerto sin problemas, que una experiencia o un recuerdo me sirven para interpretar, para asumir, para comprender el mundo en el que vivo y en el que un día moriré, sonrío en mis adentros, agradecido a aquellos con quienes contraje la deuda.
Entre los muchos maestros de quienes aprendí el oficio de reportero, el más antiguo vive todavía: se llama Pepe Monerri. Hoy es un abuelete jubilado, hecho polvo y en dique seco, y no quiero que cierre la última edición, cuando le toque, sin que sepa cómo lo recuerdo, treinta y nueve años después de aquella tarde en que, a la salida del colegio, acudí como siempre a la delegación del diario La Verdad en Cartagena para hacerle compañía y aprender los rudimentos del oficio. Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de provincias de entonces, escéptico, vivo, humano, desenvuelto, endiabladamente listo, me encargó que entrevistase –era la primera entrevista de mi vida– al alcalde de la ciudad, sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizá era demasiado para un novato de dieciséis años, y que tenía miedo de meter la pata haciéndolo mal, el veterano me miró despacio y con mucha fijeza, se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, al otro lado de la mesa llena de máquinas de escribir, maquetas, fotos y papeles, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: «¿Miedo?... Mira, zagal. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti».
El observatorio está formado por trece torres levantadas en línea, de norte a sur sobre la cima del monte Chankillo, que indicaban con precisión el desplazamiento anual del Sol, así como los solsticios y los equinoccios. Además, contiene dos puntos artificiales de observación separados por unos 200 metros con una especie de fortaleza rodeada por tres anillos concéntricos.
Su construcción revela que el conocimiento de la astronomía existía en la región desde antes del Imperio Inca, según los arqueólogos Ivan Ghezzi, de la Pontificia Universidad Católica de Perú, y Charles Ruggles, de la Universidad de Leicester, en el Reino Unido. También demuestra que en ellos se realizaban rituales religiosos vinculados con los fenómenos astronómicos.
Los "pilares del Sol"
Hasta ahora, según los relatos de los primeros cronistas, se creía que los primeros observatorios solares estaban en la región de Coricancha, cerca del Cuzco, o habían sido construidos por la cultura Moche, 600 años después de Chankillo. Sin embargo, los denominados "pilares del Sol" que marcaban las estaciones y el momento de realizar los sembrados en la región del Cuzco han quedado borrados con el paso del tiempo y se desconoce su ubicación precisa. Chankillo "es una estructura muy anterior en la costa peruana que parece haber sido construida para facilitar las observaciones del ocaso y del amanecer", señala el informe.
Por otra parte, las excavaciones arqueológicas revelaron que en la construcción se hacían ofrendas de figurines de guerreros de cerámica con adornos que parecerían ser signos de distinción, lo que sugiere prácticas rituales así como la existencia de clases sociales. "La adoración del Sol y las costumbres cosmológicas de Chankillo tal vez hayan ayudado a legitimar la autoridad de una clase de élite, como ocurrió con el imperio inca dos milenios después", según los científicos.
En un artículo de análisis publicado por Science, el arqueólogo Charles Mann recoge las opiniones de otros científicos que respaldan la idea de que Chankillo fue solamente un observatorio solar y no una fortaleza militar de la época. Según Luis Jaime Castillo, arqueólogo de la Universidad Pontificia peruana, se trata de un claro ejemplo de un "calendario monumental". "Es difícil pensar para qué otra cosa pudieron haber servido las torres de observación", y su presencia revela que existían técnicas de medición muy avanzadas, 600 años antes de la cultura Moche. "Esto nos dice que es posible que hubiesen ocurrido otras cosas que no sabíamos", añade.
Pero, por otra parte, para Daniel Sandweiss es evidente la necesidad práctica para los pobladores de esa región de contar con el observatorio solar de Chankillo. Según el científico, la agricultura era crucial en la época y en esa zona dependía de la irrigación proporcionada por los ríos. "La observación solar era necesaria para saber cuándo se debía plantar", según manifiesta.
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